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por Kate Riley
Tras viajar en autobús toda la noche desde Mérida para regresar a Akumal, no me quedaron ganas de subirme a una van con mis compañeros y sus mascotas para el viaje de evacuación a Palenque. Mis amigos en el poblado decían, “No pasa nada”. Así que, junto con Mauricio Bautista Vega, decidí aguantar la tormenta en el pueblo.
El día previo al huracán fue uno de los mejores que he vivido en Akumal, sin gente, sin lanchas en la bahía y una extraña calma que me hacia volver la vista a mi alrededor y sobre mi misma pensando ¿Qué pasará?
Comenzó al atardecer. El cielo se volvió salvaje, bajaba la lluvia mientras el mar amenazaba con subir al cielo. De repente, apareció un arco iris doble, brillante y completo—una sonrisa de cabeza que avisaba que no lo pasaría tan mal.
La policía vino a echar a los borrachos y a los niños de la playa, y subimos corriendo la loma a nuestras casas. Llovía a cantaros y comenzaba el viento. Hospedados con Ernesto, entramos a una habitación bien protegida, y nos sentamos a esperar, armados con sándwiches y linternas. Bastante tiempo atrás se había ido la luz y hacia un calor infernal, pero dormimos hasta media noche cuando realmente comenzó a incrementar la intensidad del viento. Durante lo peor, como a las 2:30 de la mañana, escuchamos como se desprendía la lamina del techo del vecino y como tronaban las ramas de los árboles. Soplaba. Había muy poca lluvia, y luego nada—el ojo del huracán. Cambio la presión y esperamos en silencio, unos veinte minutos.
Cuando regresó todo, fue en sentido contrario. Intenso, luego tranquilo. Rápido y con poco daño. Algo pasó, quizá cambio de rumbo. De cualquier manera, estábamos agradecidos. Esperamos el amanecer, y cuando llegó fue un sol extraño. Todo había cambiado. Saludamos a los vecinos, examinando sus casas. “¿Todo bien?” “Si, todo bien”. No hubo heridos.
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